Orfandad: escribir la ausencia para romper el silencio
- Susana de Murga

- 9 feb
- 2 Min. de lectura

En Orfandad, la escritura no funciona como testimonio inmediato ni como ajuste de cuentas, sino como un trabajo paciente sobre la ausencia. La conversación del club de lectura "Entre páginas" subraya con claridad que la novela avanza más desde el silencio que desde el conflicto explícito: el silencio de una hija que no fue vista, el silencio político que deformó los hechos de Oaxaca en 2006 y el silencio interior que acompaña a quienes crecen bajo la sombra de una figura paterna arrolladora. La novela no denuncia a gritos; deja que el contraste —entre lo que se vive y lo que se dice oficialmente— revele la violencia con mayor precisión.
Uno de los ejes centrales de la lectura fue la figura del padre como personaje imposible. No aparece como villano ni como héroe, sino como un arquetipo complejo: el luchador social que pone la causa por delante de la familia y cuya ausencia se vuelve estructural. Esa dualidad —admiración y resentimiento, amor y abandono— produce una herida más difícil de tramitar que la de un padre abiertamente dañino. El padre no desaparece del todo; permanece como símbolo, como peso y como mandato, lo que obliga a la narradora a escribir no para homenajearlo, sino para rescatarse a sí misma.
La conversación también destacó la manera en que Karina Sosa logra que lo político no derive en panfleto. El movimiento social, la APPO, el gobernador, la cárcel y la manipulación mediática aparecen por fragmentos, por escenas mínimas, por contrastes cotidianos. No se explican las causas ni los manifiestos: se muestra la vida atravesada por ellos. Ese desplazamiento convierte la historia personal en literatura y permite que el lector entienda el contexto sin ser conducido por una tesis. La verdad política emerge no desde la consigna, sino desde el cuerpo, el hambre, el miedo y la infancia interrumpida.
Otro punto clave fue la reflexión sobre la palabra como refugio y como salvación. Leer y escribir aparecen como actos de supervivencia: la lectura salva al padre en la cárcel y la escritura salva a la hija de una prisión más difícil, la interior. La prosa, sencilla y precisa, evita el regodeo en el dolor y renuncia al lenguaje grandilocuente. Esa contención es ética: la novela no acusa, no castiga, no sentencia. Nombra. Y al nombrar, permite comprender sin cerrar del todo la herida.
En Orfandad, la memoria no se presenta como un relato continuo, sino como un espejo fragmentado. Recordar no conduce a la reparación total, sino a una forma de conciencia. Al final, la literatura no restaura la familia ni corrige la historia del país, pero ofrece algo igualmente valioso: la posibilidad de decir la última palabra. No para vencer al padre ni al poder, sino para dejar de vivir bajo su sombra.
Escucha el episodio completo en nuestro podcast:
"La libertad requiere igualdad"
@susanademurga


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