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Recordar al padre, recordar un país: notas sobre El olvido que seremos

El olvido que seremos

En El olvido que seremos, Héctor Abad Faciolince escribe la biografía de su padre y, al mismo tiempo, el retrato de un país atravesado por la desigualdad, la violencia política y el peso de la religión en la vida pública. Desde el epígrafe –“por amor a la memoria, llevo sobre mi cara la cara de mi padre”– el libro anuncia su centro: la figura paterna como marca íntima, pero también como huella ética y política en la formación de un hijo.


La relación entre padre e hijo se construye desde una cercanía poco habitual en la literatura sobre la figura paterna. Abad recuerda a un padre presente, amoroso, pero más allá del afecto, profundamente consciente de su responsabilidad como mediador entre su hijo y el mundo. No es solo el padre que protege, sino el que introduce al niño en la realidad social de Colombia: hospitales precarios, barrios pobres, niños enfermos “por hambre”. La medicina, en su caso, no se limita al consultorio; se convierte en puerta de entrada a la conciencia social. De ahí la importancia que el libro otorga a la salud pública y a la idea de prevención como forma de justicia.


En paralelo, se dibuja el conflicto entre religión y pensamiento crítico. El colegio religioso aparece como un espacio de temor, culpa y control del cuerpo y del deseo, “una educación impregnada de patrística y filosofía católica”, mientras el padre ofrece “antídotos caseros” a través de lecturas y otras ideas. El niño crece entre dos universos: el de la escuela, rígido y normativo, y el del hogar, donde los libros abren la posibilidad de pensar de otra manera. La literatura se nombra como magia: transformar sonidos en palabras, palabras en ideas, y ese gesto de nombrar se vuelve el punto de partida de la vocación del hijo como escritor.


El padre se define a sí mismo como cristiano en lo religioso, marxista en lo político y liberal en el pensamiento. Esa aparente contradicción revela una ética concreta: preocupación por los pobres, búsqueda de igualdad y defensa de las libertades individuales. El libro muestra cómo esa combinación de fe, crítica social y espíritu liberal resulta intolerable para un contexto donde Estado, religión y grupos armados se entrelazan. Antes de asesinarlo físicamente, se le asesina simbólicamente: se le expulsa de la universidad, se le desacredita, se le convierte en blanco. El crimen de Estado aparece entonces como una traición radical a su función de proteger a los ciudadanos.


En el ámbito íntimo, la historia de la familia también se construye a partir de pérdidas. La muerte de Marta, la hermana, introduce el tema de los roles familiares y la culpa del sobreviviente. La escena en la que el padre llama uno por uno a sus hijos para explicarles por qué habría sido peor que murieran ellos, y no su hermana, muestra un intento desesperado de aliviar esa culpa futura. De nuevo, lo que se expone no es solo el duelo privado, sino la forma en que cada muerte desacomoda el tejido familiar y deja a cada miembro frente a su propia responsabilidad de seguir viviendo.


A lo largo del libro se insiste en la bondad y en la manera de aprenderla. El padre, más que enseñar a “ser bueno”, busca enseñar a “no ser malo”: a no hacer daño, a no aprovecharse del otro, a no cerrar los ojos frente a la injusticia. Desde esa ética, la independencia económica se vuelve condición para la libertad de pensamiento: poder sostenerse a sí mismo para no depender de un trabajo que obligue a callar o traicionar las propias convicciones. Esa idea resuena hoy, cuando la censura puede tomar formas más discretas pero igual de eficaces.

El libro también reflexiona sobre la memoria, su fragilidad y su persistencia. La infancia se recuerda como una serie de sobresaltos más que como una línea continua; la memoria es “un espejo hecho añicos” y, sin embargo, es lo único que permite reconstruir lo que ha sido destruido por la violencia. De ahí que la escritura aparezca como un acto que no nace de la herida abierta sino de la cicatriz: Abad escribe cuando ha pasado el tiempo suficiente para mirar el horror sin quedar atrapado en él. Mantener durante años la camisa ensangrentada de su padre y deshacerse de ella al terminar el libro es un gesto que une duelo, memoria y cierre.


En El olvido que seremos, recordar al padre es recordar un país y sus mecanismos de exclusión, silenciamiento y muerte. Pero también es recordar una forma de paternidad que apuesta por la ternura, la educación crítica, la compasión entendida como capacidad de imaginar la vida del otro. El homenaje al padre no borra la violencia del asesinato ni la responsabilidad del Estado, pero la desplaza del centro: lo que permanece no es el nombre de los asesinos, sino la vida de quien fue asesinado y el modo en que su legado sigue interrogando a quienes leen. En esa tensión entre el amor íntimo y la mirada política, el libro encuentra su fuerza y su necesidad.


Escucha el episodio completo en nuestro podcast:


"La libertad requiere igualdad"

@susanademurga


 
 
 

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