Cuando la educación deja de garantizar movilidad social
- Susana de Murga

- 6 feb
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En México, entre los años cincuenta y sesenta, la educación fue considerada el elemento central del desarrollo. Mientras en otros países la inversión educativa funcionó como un mecanismo real de movilidad social, en el nuestro no pasó de ser la promesa preferida de los discursos políticos, las campañas institucionales y los relatos familiares.
La realidad es que la narrativa de la escuela como el gran igualador social se parece al cuento “Pedro y el lobo”. Ya pocos lo creen. Los planteles existen y pueden mejorar en infraestructura, pero el problema medular ha sido la calidad: tanto en la transmisión del conocimiento como en las condiciones reales de aprendizaje. La educación no ocurre en el vacío, requiere docentes formados y comprometidos, también estudiantes deseosos de aprender, bien alimentados, descansados y con un entorno que no desgaste antes de tiempo la curiosidad.
Desmotiva encontrar hijos que acumulan credenciales sin un retorno claro, mientras la madre sin estudios formales —la mujer que improvisa oficios, vende, cuida y resuelve— sostiene la economía del hogar porque aprendió a adaptarse a la necesidad.
El desafío actual es preparar a las nuevas generaciones para mercados laborales repletos de tecnología. La educación no puede pensarse aislada del crecimiento económico ni de las condiciones productivas del país.
En un contexto que busca mayor inclusión, la educación puede recuperar su función como vía de movilidad social, pero solo si se apuesta por la calidad y por una estructura económica capaz de absorber a las juventudes egresadas.
Solo cuando el conocimiento tenga valor efectivo —social, económico y político— la educación dejará de ser una promesa abstracta y podrá convertirse, de nuevo, en una posibilidad real de futuro.
"La libertad requiere igualdad"
@susanademurga




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